viernes, 4 de julio de 2008

Un Discurso para la Historia: Homenaje a Sixto Minier

Por. Carlos Hernández Soto

Siento alegría y tristeza al mismo tiempo en esta noche en que se honra la memoria de Don Sixto Minier, Capitán de la Cofradía del Espíritu Santo de los Congos de Villa Mella.
Todavía hoy, desde el día anterior a su partida, siento resonar en mis oídos aquel canto que es oración y gemido:

¡Kalunga eh!
¡Oy Kalunga!
Adió que me voy.
¡Kalunga eh!
Ay para nunca ma
¡Kalunga eh!
Ay, que no vuelvo yo
¡Kalunga eh!
Voy a desandar
¡Kalunga eh!

Kalunga eh
Oy Kalunga
Cuando yo me vaya
Nos vamos los dos

En cierto modo Don Sixto y Kalunga se identifican. Yo lo veo todavía, y lo oigo, tocando Kalunga.
Además de ser un genuino y formidable representante de los Congos de Villa Mella, Don Sixto fue para mí un maestro y un amigo, un intimo amigo. Fue, además, un compañero de andanzas por toda la Sabana del Espíritu Santo. Nuestra amistad comenzó en 1985 y perduró por 23 años, hasta su muerte. Junto a sus familiares, y en compañía de mi esposa Marina, tuve el privilegio de estar y conversar con él en su lecho de muerte.
Don Sixto convivió con los Congos desde los 7 años, acompañando a su madre Nina Brazobán, reina de los Congos, hermana de Don Pío Brazobán. De ella heredó el compromiso de no dejar caer a la Cofradía, y lo cumplió.
Don Sixto Minier fue un formidable representante de los Congos y portador por antonomasia de esta expresión cultural. El encarnaba a la Cofradía y se echó al hombro sus congos: a sus hombres y mujeres, a su música y a sus instrumentos.
Voy a proporcionarles dos testimonios salidos de su boca y recogidos por mí: uno es de 1985, cuando comencé a conocerlo, y otro es de 1995, cuando yo estaba por concluir la investigación que hizo posible la publicación del libro Morir en Villa Mella: Ritos funerarios afrodominicanos.
Pero antes de dar a conocer los testimonios de Don Sixto, citaré, para ponernos en contexto, al Código Negro Carolino (de 1784). Dice así, textualmente, el Código:
Prohibimos por esta razón, bajo las más severas penas, las nocturnas y clandestinas concurrencias que (los negros esclavos y libertos) suelen formar en las casas de los que mueren o de sus parientes para orar y cantar en sus idiomas en loor del difunto con mezcla de sus ritos y de hacer los bailes que comúnmente llaman Bancos, en su memoria y honor…”
Más adelante el Código Negro Carolino explicita que esto lo hacían principalmente los negros minas y carabalíes.
Después de esta cita, podemos entender mejor los testimonios de Don Sixto:

-Testimonio de 1985:

“Los Congos tocaban y cantaban los 21 toques de la Cofradía, que no son inventos como los de los cantantes modernos. Vienen de los congos. Los congos los tocaban y eran perseguidos por la guardia o la policía de entonces. Entonces ellos se iban a otro lugar y allí tocaban y cantaban. No los cogían porque era cosa del Espíritu Santo”.

-Testimonio de 1992:

“Los carabalises (sic), que vivían tocando, eran perseguidos por el Gobierno. Entonces se iban de un lugar a otro para no ser cogidos. No los cogían por ser cosa del Espíritu Santo”.
Ese Espíritu Santo es el mismo, o la misma, Kalunga, que en la cuenca congolesa africana es la deidad del mar y de la muerte y, al mismo tiempo, en muchos parajes de dicha cuenca es uno de los nombres que recibe Nzambi, el gran dios. Cantarle a Kalunga es, pues, cantarle a Dios.

Por eso en esta noche cantamos a Kalunga por Don Sixto:
¡Kalunga eh!
¡Oy Kalunga!
Adio que me voy
Cuando yo me vaya
No(s) vamo(s) lo(s) do(s).

Y añadimos el responso congo:
Pembué chamaliné,
se fue,
es decir, paz y sosiego,
paz y sosiego
para Don Sixto Minier.

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