Por Candida Figuereo
Opinion
Es el
momento para dejar atrás tantos hechos desagradables que de un modo u otro han
empañado la cotidianidad al provocar sobresaltos. Tras esa catarsis, lo propio
es el cambio positivo que depende de cada persona.
La
población dominicana que es alegre, positiva y trabajadora, usualmente para
esta época del año gusta estar reunida en familia y con amistades para
compartir en paz el momento a la espera de un año que apunta a ser mucho mejor
que el que está a punto de esfumarse.
Terminar
lo que resta del año con eventos positivos y en armonía es un compromiso que
cada quien debe hacer suyo. Es fácil de lograrlo respetando el derecho del
vecino y no haciendo a los demás lo que no gustaría que le hicieran a usted.
El mundo
no se acaba porque termine este período docemesino. Por el contrario, se
trata de una nueva etapa que debemos recibir con entereza y renovación
espiritual en el sentido de ser mejor que antes y de trabajar por nuevas metas.
Muchas
veces se piensa que la alegría, la paz o el bienestar dependen de la
opulencia. Ni una cosa ni la otra. Nada es tan bueno que no tenga algo de malo,
ni tan malo que no tenga algo de bueno. Lo importante es el equilibrio, el uso
positivo que se da a lo que se tiene.
Por
ejemplo, en Todocuento.net está este antaño relato de La Camisa del Hombre
Feliz, tan válido ayer como hoy en un mundo donde los recursos multimillonarios
no siempre permiten restaurar la salud fruto de una enfermedad catastrófica.
El cuento
alude que en un lejano reino, el rey tenía una enfermedad cuya cura no
encontraban. Ni el dinero ni los mejores médicos pudieron hacer nada. Entonces
mandaron a buscar la camisa del hombre feliz, de quien pensaron debía ser el más
poderoso.
Despacharon
mensajeros en su búsqueda. Éstos agotados en la faena se pararon a
descansar y descubrieron un ermitaño que vivía en una cueva en la ladera de una
montaña solitaria. Los visitantes le pidieron agua y el hombre le ofreció los
escasos comestibles que tenía
"-¿Cómo es posible que viva usted
en estas condiciones tan miserables y tan solitario? Preguntaron los
mensajeros. A lo que el hombre contestó: - Yo aquí vivo feliz, me conformo con
lo que tengo y no necesito nada más. Los emisarios vieron los cielos abiertos y
le dijeron:
- Por favor, nuestro rey está muy
enfermo y solo usted lo puede curar. ¡déjenos su camisa! Pero ¡Oh sorpresa! ¡EL
HOMBRE FELIZ NO TENÍA CAMISA!".
En fin,
la felicidad no siempre la da el dinero. No pocos han deseado ser felices, pero
una enfermedad “incurable” los agobia y desaparece. Otros no tienen nada y son
felices. La vida debe ser un contrapeso que permita la felicitad y el
disfrute de lo que se tiene sin llegar a extremos avariciosos.
La
felicidad es una cualidad que puede tener muchas raíces, pero si sabes a cuál
te aferras no te caerás, un símil a la flor de loto a la que atribuyen pureza
espiritual.
Se puede
ser feliz sin necesidad de una catarsis navideña aunque no tengas camisa como
el ermitaño, dejando atrás toda perturbación para abrazarte a la alegría, a la
paz que fortalece el espíritu.